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9/11/16

Cuarto y mitad de fascismo postmoderno

@AndresErCheca   Todo en la vida evoluciona, y el fascismo no es la excepción. A todos nos gusta creer que el fascismo es algo del pasado, fruto de un momento histórico concreto y que felizmente ya ha desaparecido. Pero como la mala hierba, el fascismo se ha quedado oscuramente agazapado en los márgenes del camino, acechante, hasta que finalmente ha vuelto a resurgir y expandirse en muchos lugares del mundo, pero esta vez sin camisas negras o pardas, sin desfiles ni grupos paramilitares, sin ruido, pero con más fuerza y poder que nunca. 

   Atestiguamos el ascenso de un personaje fascista en tiempo real: Donald Trump. Distinguimos entre un personaje fascista y un régimen fascista, pero el fascismo es una de las derivaciones posibles de las democracias neoliberales. En los Estados Unidos se gestó la crisis de la economía global del 2008 –la mayor desde la Gran Depresión– pero las consecuencias en el nivel de vida norteamericano han sido mucho menores que en otras partes del globo –señaladamente la Europa mediterránea– en buena medida porque las respuestas a esa crisis han sido más sensatas desde Washington que desde Bruselas. En el 2016 el empleo ha recuperado sus niveles previos a la crisis  y pese a quedar claro que no son inmunes a la amenaza terrorista, no hay manera de ver a los Estados Unidos como una potencia militar vencida o de rodillas. Comparado con la República de Weimar, Estados Unidos es un remanso de paz social. Ni huelgas ni tomas de fábricas y centros de trabajo; prácticamente no hay ensayos de acción colectiva generalizada. La pregunta entonces es ¿por qué, si no existen condiciones objetivas medianamente comparables a los años veinte o treinta en la Europa del siglo XX, estamos viendo el ascenso de un demagogo fascista en una de las sociedades políticas más estables del planeta?
 
   En eso van a estar entretenidos todos los medios de comunicación del planeta, en dar razones y argumentos al ascenso del fascismo en Estados Unidos y otros países, o justificándolo, del ascenso del populismo lo llamarán, como si fuera algo que surgiera de la nada y que no tuviera sus razones de fondo en una gran crisis de las democracias occidentales y de su ideología ultraliberal, sobre todo tras una Recesión económica y social salvaje, cuyas consecuencias las han sufrido con mayor dureza las clases medias empobrecidas y las clases populares. La realidad es que este nuevo fascismo postmoderno surge cuando ni los partidos ni los líderes tradicionales dan respuestas a las necesidades de una población. Entonces llega el fascismo con su discurso demagogo y manipulador de masas (Trump recuerda mucho en sus gestos, palabra y tono a Mussolini) diciendo que va a solucionar todos los problemas de la gente que peor lo está pasando, para una vez que conquista el poder, terminar el trabajo que las élites que las democracias y los políticos tradicionales son incapaces de conseguir, ante una población que se ha dado cuenta del engaño. Esta población acepta nuevas mentiras y promesas vanas, por si acaso les mejoran su mísera vida, pero una vez en el poder el fascismo, Trump o quien sea y como sea su disfraz, se encargará de manera más violenta y autoritaria de obligar a que las personas más débiles de la sociedad paguen “sus crisis”, sin rechistar, ya sea en forma de deportaciones masivas de inmigrantes, asesinatos, odios, represión política, etc. Esto apenas empieza. Nada nuevo, es otra vuelta de tuerca de la historia del capitalismo adaptada al siglo XXI.