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5/1/16

Año nuevo y la casa sin barrer


 

   Si alguien pensaba que la situación de este país iba a cambiar rápidamente porque se celebraran elecciones, se habrá llevado un chasco. La situación en Cataluña y en el estado español se ha enrocado, debido a que la aritmética parlamentaria hace imposible un gobierno claro sin pactos tanto en España como en Cataluña. Y nadie cede. Los pactos son imprescindibles y los políticos españoles están acostumbrados a gobernar sin cortapisas y casi sin oposición que se oponga a los estropicios que cometen. Los cambios, por muy radicales que sean, cuando pasan por las urnas y se priorizan las mismas antes que la lucha en los puestos de trabajo o en la calle, tienen el inconveniente de que están filtrados por el sistema a quien dicen enfrentarse los protagonistas de dichos cambios: los ciudadanos y sus representantes. Y si bien es bueno que el país no derive en conflictos, que haya opciones electorales y que los parlamentos sean plurales, si no tenemos una clase política a la altura, se puede pasar del bipartidismo infecto al pluripartidismo inútil. Ni los que quieren perpetuarse los consiguen por la avaricia de los que son como ellos pero también quieren el control, y los que quieren cambio están más preocupados en sorpassar al contrario, que en ponerse de acuerdo en lo esencial que conviene al país. Así que la italianización de España (en sentido negativo) es un hecho después de que los poderes financieros y los políticos viejos hayan destrozado este país para ponerlo a su servicio y al de los poderosos. Y eso no hay repetición de elecciones que lo arregle. Estamos condenados a un "día de la marmota" (como la película) en bucle constante de repeticiones electorales y fingimiento de conversaciones para pactar, hasta que se enteren esos representantes que dicen representarnos de que va la historia. Y no están por la labor ahora mismo.